Las honestas palabras nos dan un claro indicio de la honestidad del que las pronuncia o las escribe.
El hombre honesto no teme la luz ni la oscuridad.
La integridad del hombre se mide por su conducta, no por sus profesiones.
Nada se parece más a un hombre honesto que un pícaro que conoce su oficio.
Lo que las leyes no prohiben, puede prohibirlo la honestidad.