Entre todas las alegrías, la absurda es la más alegre; es la alegría de los niños, de los labriegos y de los salvajes; es decir, de todos aquellos seres que están más cerca de la Naturaleza que nosotros.
Para conocer la dicha hay que tener el valor de tragársela.
El mundo no puede dar alegrías tan grandes como son las que quita.
Si bien es cierto que las alegrías son cortas, tampoco nuestros pesares son muy largos.
Hazles comprender que no tienen en el mundo otro deber que la alegría.