Perdona siempre a los demás, nunca a ti mismo.
Nada envalentona tanto al pecador como el perdón.
Perdonar es no tener demasiado en cuenta
las limitaciones y defectos del otro,
no tomarlas demasiado en serio,
sino quitarles importancia, con buen humor, diciendo: ¡sé que tú no eres así!
Solamente aquellos espíritus verdaderamente valerosos saben la manera de perdonar. Un ser vil no perdona nunca porque no está en su naturaleza.
Perdona siempre a tu enemigo. No hay nada que le enfurezca más.