El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma.
La furia con que el mundo actual busca el placer prueba que carece de él.
El placer no es sino la felicidad de una parte del cuerpo.
El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro (placer) y acompasarlo con el blanco (deber)
para correr sin perder el equilibrio.
Disfrutar de todos los placeres es insensato; evitarlos, insensible.