Las sociedades no mueren de la cúspide a la base, sino de la base a la cúspide.
No hablaríamos tanto en sociedad si nos diéramos cuenta del poco caso que hacen los demás de lo que decimos.
La base de todas las sociedades grandes y duraderas ha consistido, no en la mutua voluntad que los hombres se tenían, sino en el recíproco temor.
No buscamos la sociedad por amor a ella misma, sino por los honores o los beneficios que puede reportarnos.
La sociedad difiere de la naturaleza en que persigue una finalidad moral definida.