En la pelea, se conoce al soldado; sólo en la victoria, se conoce al caballero.
Ni siquiera un dios puede cambiar en derrota la victoria de quien se ha vencido a sí mismo.
La victoria es por naturaleza insolente y arrogante.
La victoria tiene un centenar de padres, pero la derrota es huérfana.
La victoria y el fracaso son dos imposibles, y hay que recibirlos con idéntica serenidad y con saludable punto de desdén.