Cuando veáis a un hombre sabio, pensad en igualar sus virtudes. Cuando veáis un hombre desprovisto de virtud, examinaos vosotros mismos.
Un hombre sin virtud no puede morar mucho tiempo en la adversidad, ni tampoco en la felicidad; pero el hombre virtuoso descansa en la virtud, y el hombre sabio la ambiciona.
Sólo el virtuoso es competente para amar u odiar a los hombres.
La virtud no habita en la soledad: debe tener vecinos.
Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un pozo de agua.